Una noche en Ranma: cocina japonesa, sake y retrofuturismo

Ranma
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Lo primero que ves en Ranma no es una mesa, una barra ni mucho menos sushi. Es un pasillo de espejos y luces al que llegas después de bajar unas escaleras en Liverpool, en la Juárez. Te reciben entre reflejos y te guían hasta un salón íntimo, de tonos neutros, sillones y una barra central que concentra buena parte del espacio. Son apenas 30 lugares y cada detalle parece estar justo donde tiene que estar.

El servicio sigue esa misma atención al detalle. Desde que llegas a la mesa, el equipo te va llevando por una carta bastante sencilla de entender, con recomendaciones puntuales que ayudan a decidir qué pedir. La cocina parte de Japón, con una presencia importante de preparaciones frías y una barra fría que tiene bastante peso dentro del menú. El producto y la frescura son protagonistas, con platos precisos y muy bien ejecutados.

Y luego están los platos. El Crab Roll es un espectáculo: cangrejo, mantequilla y trufa, flameado al momento. El Ebi Spicy Temaki tiene un picante ligero que acompaña muy bien al camarón. Entre los nigiris aparecen el de wagyu, king crab y una selección de chutoro, toro y kamatoro, donde el producto lleva prácticamente todo el peso.

La parte líquida también tiene mucho que explorar. Hay sake, pero también una coctelería original y divertida que encaja perfecto con el universo de Ranma. La música tiene su propio peso, con un sistema de audio alemán Funktion-One y una curaduría sonora pensada como parte del restaurante. Aquí es donde la idea detrás de todo empieza a tomar forma: Ranma fue imaginado desde 2036, pensando cómo se vería, sonaría y se comería en un restaurante japonés diez años hacia adelante. Los espejos, el retrofuturismo, la música, el sake y la cocina responden a esa misma idea.

Ranma tiene muchas capas, pero ninguna necesita demasiada explicación cuando estás ahí. La entrada de espejos, el espacio, la atención, la comida, los drinks y la música hacen que la noche se vaya descubriendo poco a poco. Al final, bajar esas escaleras en Liverpool es suficiente para entender por qué este nuevo japonés de la Juárez se siente distinto.


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