
En OTTO saben que la tradición japonesa en México es fuerte, y que replicar a la perfección una experiencia nipona del otro lado del mundo ya no es tan complicado. Ellos no buscan dar un servicio que te transporte (todo el tiempo) a Japón, sino brindarte algo realmente original, aquí y allá.
Por eso es que OTTO creó un omakase donde la tradición japonesa recibe un pequeño estímulo de México pero no se convierte en comida fusión, sino que se mueve entre latitudes, usa algunos platillos locales pero también sabe cuando poner el freno y usar ingredientes frescos importados de Japón que dejan claro por qué tantas personas viajan hasta allá para comer.
En Otto puedes ordenar a la carta, pedir el omakase de nigiris o el OTTO omakase, que fue el que pude probar y que es la experiencia más alta en el pequeño restaurante que consta de una pequeña barra tradicional diseñada por Ilse Garza, quien usó materiales naturales como madera, piedra y luz cálida para crear un ambiente sobrio, sereno y contemplativo que te transporta a Japón, y unas cuantas mesas dentro de Casa Hotbook.
Este omakase representa todo lo que OTTO quiere brindar a la escena en México: entradas, nigiris, platillos calientes, fritos y una cata de sakes que no buscan educar a ningún paladar, sino demostrar cómo en la sutileza de la comida japonesa se encuentra una puerta al cielo.
Podría hablar de cada entrada, pero uno de los mejores aspectos del lugar es que no se basan en un menú fijo. Hay piezas que siempre están disponibles, pero gran parte del menú y del omakase cambian de acuerdo a la temporalidad, disponibilidad del producto y lo mejor de todo, las ganas del equipo de experimentar, aprender y divertirse. El restaurante funciona un poco como un laboratorio gastronómico donde la cocina toma elementos de aquí y allá para estirar los límites de lo que parece posible. Puede parecer sencillo, pero encontrar el atún con la grasa suficiente para que una pequeña emulsión de chile mejore lo que ya se considera un platillo perfecto en la comida japonesa lleva mucho tiempo e ingenio.
El equipo de OTTO nos contó que aquí no buscan meter a la fuerza elementos mexicanos si no los necesita. No son el restaurante que usa insectos solo por el factor sorpresa. Aquí la comida respeta la naturalidad del producto y el omakase sí es un viaje. Una sopa miso entra en el momento justo para limpiar el paladar entre distintos nigiris, un sake que existe desde el siglo XVII se marida con uno de los mejores nigiris de la noche para invitarte a imaginar cómo lo tomaba el emperador de la época (aunque el nigiri fuera inventado hasta el siglo XIX).

El omakase dura cerca de dos horas, pero incluso con esa ventana de tiempo, sientes que cada bocado no dura lo suficiente frente a ti antes de que el equipo de OTTO esté sirviendo el siguiente. El tiempo transcurre más rápido y antes de que te des cuenta, nueve entradas, 23 expresiones de sabor, cinco sakes y un cóctel después, solo estás pensando en cuándo podrás volver.
📍Monte Líbano 280, Lomas de Chapultepec, Miguel Hidalgo, 11000 Ciudad de México.

Hablamos de lo que otros no miran dos veces. Historias con intención.







